“Conmigo vas a conocer todo”. Ella se rió, cascabeles en la risa, complicidad en la chispa de los ojos.
Dos semanas después estaban desnudos, metidos en un jacuzzi, cuatro de la tarde de un martes, mirando una pantalla de TV donde varias personas hacían mucho más de lo que ella había conocido o siquiera imaginado. Tal vez, él tampoco.
El la espiaba de reojo. Era tan linda. Quiso acariciarle la mejilla. Le temblaba la mano. Para disimular esa alegría incontrolable que casi lo abrumaba, tomó el teléfono y le ofreció: “¿querés un whisky?”. Ella se rió. De lo que veía en la pantalla. Y de él. “¿Whisky? Si yo no tomo”. “Pero está incluido”, insistió él. Diez minutos después golpeaban a la puerta.
En el apuro por recibir el pedido, se resbaló al salir. Un golpe en la nariz, un moretón en la rodilla. Un temblor en todo el cuerpo.
Trajo la bandeja al borde del hidromasaje. Un té para ella. Un vaso de leche fría para él. Brindaron. Desnudos en el jacuzzi.
A él le temblaban los 82 tanto como lo enamoraban los 75 de ella. Quiso hacerle una caricia en la mejilla pero no podía controlar la mano. Había olvidado tomar la pastilla para el temblor. Ella rompió en una carcajada, señalando la pantalla “¿Vos ves lo que están haciendo?”. Luego lo miró, complicidad en la chispa de los ojos, y le pasó la taza para que la pusiera de regreso en la bandeja.